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NUESTRA HISTORIA

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Hace nada teníamos treinta años.

Hay entrevistas que empiezan antes de encender la grabadora.

Esta empezó hablando del colegio, de vecinos, de hermanos y de una época en la que mucha gente llegaba a Ganain porque conocía a alguien que ya trabajaba dentro. Begoña y José Luis llevan tantos años ligados a la empresa que, más que responder preguntas, da la sensación de que están repasando una parte importante de su vida.

Y ahí es donde entiendes rápidamente por qué son dos personas tan queridas dentro de Ganain.

Porque hablan de la empresa hablando de la gente.

Begoña empezó en marzo de 1983.
José Luis llegó unos años después, con 22 años, en plena etapa de subidas y bajadas del naval. Ella desde oficina. Él desde fábrica y más tarde también desde el comité de empresa. Dos recorridos distintos dentro del mismo sitio.

Durante toda la conversación se pisan, se corrigen, se ríen y completan las historias del otro. Y eso hace que la entrevista tenga algo muy difícil de fingir: verdad.

 

“Éramos quince personas. Incluida yo.”

 

La pregunta era sencilla:

¿Cómo era Ganain cuando empezasteis?

Y a partir de ahí empezaron a salir recuerdos que hoy parecen casi imposibles de imaginar.

Begoña habla de las máquinas de escribir que le acababan haciendo daño en los dedos, de hacer nóminas a mano, de los primeros sistemas de contabilidad, de oficinas que también había que limpiar y de cuando iba al banco a recoger el dinero en efectivo para pagar a toda la plantilla.

José Luis recuerda algo mucho más simple:

“Yo me cambiaba al lado del dueño de la empresa.”

Y esa frase resume bastante bien cómo era aquella Ganain.

Había menos gente, menos distancia entre unos y otros y una relación muchísimo más cercana entre taller, oficina y dirección. Los viernes se paraba a tomar el vino juntos. Había discusiones eternas sobre fútbol. Se celebraban cumpleaños, nacimientos y fiestas improvisadas. Si alguien llevaba postres, se compartían entre todos. Y si había que sacar trabajo adelante, se hacía.

En un momento de la conversación, José Luis recuerda cómo en las fiestas del pueblo se presentó igualmente a trabajar y uno de los jefes le dijo directamente:

“¿Qué haces aquí? Vete para casa y disfruta de las fiestas.”

Los dos coinciden en algo: hoy sería imposible vivir una empresa así.

No porque antes fuese perfecto ni porque ahora sea peor en todo. Simplemente eran otros tiempos. Otra manera de relacionarse. Otra dimensión de empresa.

 

“No pensábamos quedarnos toda la vida”

 

Cuando les preguntamos si imaginaban terminar aquí prácticamente toda su vida laboral, los dos responden casi al mismo tiempo:

“Jamás.”

José Luis incluso se marchó unos años a otra empresa. Cerró. Volvió a Ganain. Y ya nunca más se fue.

Begoña recuerda que cuando eres joven no piensas en prejubilaciones ni en despedidas. Piensas en trabajar, en salir, en llegar a final de mes y en construir tu vida.

Y entonces aparece una frase que cambia completamente el tono de la conversación.

“Hace nada teníamos treinta años.”

Los dos se ríen.

Pero detrás de la broma hay algo muy reconocible para cualquiera que haya pasado muchos años en el mismo sitio: la sensación de que el tiempo aceleró sin avisar.

Hablan de los años noventa como si hubiesen pasado hace relativamente poco. De viajes improvisados. De cuando todavía no existía el puente de Rande. De fines de semana eternos y de etapas donde salían de trabajar y seguían teniendo energía para vivir otra jornada completa fuera de la empresa.

Y de repente un día llega la jubilación.

Y cuesta creerlo.

 

Oficina y fábrica: dos mundos que antes estaban mucho más cerca

 

Una de las partes más interesantes de la conversación aparece cuando hablan de cómo se vivía la empresa desde oficina y desde fábrica.

Begoña explica que, aunque trabajaba en administración, siempre tuvo muchísima relación con la gente de taller.

“Yo repartía nóminas, contratos, hablaba con todos… Los veía entrar con diecinueve años y para mí eran niños.”

José Luis insiste varias veces en algo que para él era fundamental: el compañerismo.

Recuerda vestuarios donde todo el mundo saludaba al entrar. Cafés compartidos. Bocadillos repartidos. Gente pendiente unos de otros.

Y también reconoce que eso ha cambiado muchísimo.

Hablan del móvil, de las prisas, de cómo hoy todo el mundo vive más encerrado en su rutina. Pero no lo hacen desde el típico discurso de “antes todo era mejor”. Lo hablan desde la experiencia de haber visto cambiar no solo una empresa, sino también la forma en la que las personas se relacionan entre sí.

Hay una frase de José Luis que resume muy bien esa idea:

“Quien te ayuda de verdad es tu compañero.”

 

“Aquí nunca se dejó una nómina sin pagar”

 

Cuando la conversación entra en las épocas complicadas, ambos hablan con muchísima claridad.

Recuerdan huelgas largas, conflictos duros y etapas donde el trabajo bajaba muchísimo. José Luis llegó a vivir más de veinte días de huelga. Begoña recuerda perfectamente la presión de preparar nóminas cuando llegaba final de mes y parecía imposible cuadrarlo todo.

Pero hay algo que los dos repiten con orgullo:

“Aquí nunca se dejó una nómina sin pagar.”

Y lo dicen varias veces.

Porque para ellos eso siempre fue importante.

Hablan de propietarios que intentaban aguantar a la plantilla hasta el último momento antes de mandar a alguien para casa. De épocas donde, si no había carga suficiente, se reorganizaba trabajo, se limpiaba, se montaban estanterías o se buscaban maneras de mantener a la gente.

José Luis recuerda incluso una reunión donde uno de los socios dejó muy clara una idea al nuevo gerente:

“Aquí las personas son lo primero.”

Y escuchándolos hablar, queda claro que esa frase se quedó grabada.

 

“Hice amigos de raíces”

 

Hay una pregunta que ambos responden sin dudar.

— ¿Qué pesa más después de tantos años: el trabajo o la gente?

La gente.

José Luis habla con muchísimo cariño de compañeros a los que enseñó el oficio y que hoy siguen siendo parte importante de su vida. Se emociona especialmente hablando de chavales que llegaron muy jóvenes y acabaron convirtiéndose en grandes profesionales.

Begoña recuerda clientes, compañeros y personas con las que lleva décadas hablando prácticamente a diario. Gente a la que incluso nunca llegó a conocer físicamente, pero con la que terminó creando una relación real.

Y entonces José Luis deja una de las frases más bonitas de toda la entrevista:

“Hice amigos de raíces.”

No amigos pasajeros.

Amigos de los que permanecen.

 

“La loca de la colina… pero buena compañera”

 

La parte final de la conversación ya es pura naturalidad.

Hablan del estrés que van a echar de menos. Del hábito de madrugar. De pensar el domingo por la tarde en todo lo que queda pendiente para el lunes. De lo raro que será tener tiempo libre sin mirar el reloj.

Begoña reconoce que todavía siente la jubilación como si fuesen unas vacaciones largas. José Luis admite que pensaba que este momento iba a tardar mucho más en llegar.

Y cuando les preguntamos cómo les gustaría que los recordasen sus compañeros, vuelven a aparecer el humor y el carácter.

Begoña responde rápido:

“La loca de la colina… pero buena compañera.”

José Luis no tarda ni un segundo:

“Yo, como buen compañero.”

Y probablemente ahí está el resumen perfecto de toda esta historia.

Porque más allá de los cargos, los años o los cambios que haya vivido la empresa, lo que dejan los dos en Ganain es precisamente eso: el recuerdo de dos personas profundamente implicadas con su trabajo y con la gente que tuvieron alrededor.

 

Gracias por tanto

 

Hay personas que pasan por una empresa.

Y hay personas que terminan formando parte de su memoria.

Begoña y José Luis son de esas personas que dejan historias, carácter, conversaciones, maneras de trabajar y muchísimos recuerdos repartidos entre talleres, oficinas y pasillos.

Personas a las que todo el mundo conoce.

Y sobre todo, personas a las que mucha gente va a echar de menos.

Desde Ganain solo podemos decir una cosa:

Gracias por todos estos años.

Y feliz nueva etapa.